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domingo, 9 de mayo de 2010

La esclavitud del siglo XXI


Su nombre no importa. Él, al igual que muchos emigró de Haití en busca de un futuro mejor para él y para toda la familia que dejaba allí. Viajaba con la promesa de ganar muchos cuartos en la zafra, la temporada de corte de caña. Alguien le contó que en los bateyes del este de la isla era donde mejor se pagaba y allí podría ver cumplidos sus sueños. A todos estos hijos de la humanidad le han cortado sus sueños, igual que ellos hacen con la caña.



El viaje no es fácil. Ellos son inmigrantes ilegales en Dominicana y como tales no pueden atravesar la frontera física, sino que tienen que cruzar los campos en caminatas de muchas horas, y después subir a un autobús hacinados como sacos. El destino es cualquier sitio, menos al prometido al inicio del viaje. Desamparados y sólo acompañados por los cientos de personas, que como ellos, llegaron hace mucho tiempo atrás al batey, o también llamado el infierno de la caña.


Las condiciones son casi indescriptibles, mucho más allá de la palabra pésima. Malviven en barracones donde duermen muchas veces pegados con sus compañeros, y cobran una miseria por cada tonelada de caña que pican y suben al camión. Lo malo es que no reciben dinero físico, sino que la empresa les proporciona un vale para ser canjeado en la bodega del batey, por lo que el dinero siempre vuelve a su sitio y ellos está condenados a trabajar eternamente como zombis en el batey.


Hay 3 grandes empresas que controlan el mercado del azúcar en República dominicana. Ellos han establecido una organización tan férrea que incluso tienen un mayordomo, que es quien se encarga de pagar, un policía para la seguridad y un superintendente, el jefe máximo del batey. Si ellos intentaran alzarse contra el poder, rápidamente son fuertemente repelidos por la fuerza militar de los bateyes. Nada pueden hacer unos cuantos machetes contra armas de fuego.


Las circunstancias laborales no son mejores que las antes mencionadas. Trabajan durante horas cortando caña, bajo un sol abrasador. Las hojas de la caña son como pequeñas cuchillas de afeitar, y cada vez que se meten dentro salen completamente magullado. Las alimañas, como ratas, hurones, tarántulas y ciempiés, son compañeros de trabajo, y siempre hay algún supervisor que los humilla y provoca peleas. Si uno se enferma, no tiene derecho a ir al hospital. La empresa no paga nada. Son un clan tan humilde que muchas veces hacen una pequeña colecta entre todos para que determinada persona pueda ir al hospital a que lo curen, pero la mayoría no puede, por lo que se queda en el camino.


El problema ya no es sólo para los haitianos que emigran sino para los descendientes de ellos que ya nacen en Dominicana y que deberían ser considerados igual que uno de ellos. Éstos tienen muchos problemas para conseguir papeles, y al no poder conseguirlos, jamás podrán salir del batey, pues si salen, y los cogen, van directos a prisión a pesar de considerarse igual de dominicano que los propios policías que los llevan.


Es una organización tan compleja , que incluso está comprendida y soportada por el propio gobierno, el cual se muestra ciego ante los problemas de esclavitud que se dan en su país. Las condiciones han de cambiar, y el problema debe ser conocido por todos para que la difusión el mensaje sea mayor y se puedan vislumbrar nuevos cambios para estas gentes en busca de sueños.